jueves, 22 de noviembre de 2012

26. Toda buena historia tiene su final



Corríamos por el jardín de su casa en Chincha. Nos reíamos, pero muchas veces no podía verle la cara. Aparecía y se iba. De pronto me dijo: “Chau, cuídate mucho”. Me despido de ella y plin…

“Hijita, hijita”. Era mi mamá. Estaba soñando, soné que me despedía de Aleca.  Vi la cara de mi mamá y me imaginaba lo que estaba pasando. Eran las 7 de la mañana y las únicas palabras que me quedan de ese día, 16 de diciembre del 2009, salieron de la boca de mi mamá, me miró y me dijo: Alexia está en el cielo.  Pensaba que lo que vemos en las películas donde a uno se le nubla la vista y escucha un zumbido interminable no existían. Pero estaba equivocada, sentí exactamente lo mismo. Me nublé, no lo podía creer. Lo que me estaban diciendo no podía ser verdad.

Todo esto había comenzado el día anterior. El 15 de diciembre fue el día de graduación del colegio. Nos graduábamos y todos sabíamos que Alexia no podía estar con nosotros. El ambiente era muy cargado. Teníamos sentimientos encontrados. Yo estaba feliz pero al mismo tiempo triste. Fue un día difícil. En los ensayos yo entraba con ella al auditorio, estaba a mi costado en toda la ceremonia. Y ese día no lo estuvo y yo tampoco al suyo. 

Hace varios días que se la habían llevado a Chincha. Quería pasar sus últimos días en el lugar donde creció y en su casa. Nunca la pude ir a visitar y tampoco me lo recomendaban.  En plena graduación me enteré que estaba en Lima. Su mamá nos escribió una carta y una de las chicas la leyó. Nos contaba como estaba Aleca y nos agradecía por todo. Era una despedida, pero yo no lo quise ver así. Terminó la ceremonia y muchas llorábamos, más que por acabar el colegio,  por la situación. No sabía que sentía, debía estar feliz pero como lo iba a estar si mejor amiga estaba sufriendo…
Llego a la comida en mi casa después de la graduación y me entero que todos sabían que Alexia ya había venido a Lima menos yo.  No sabía nada y toda mi familia sí. Lo peor es que cuando terminó la ceremonia los Rey se fueron corriendo: habían llamado a decir que eran las últimas horas y que en cualquier momento se iba…  Y yo seguía sin saber.

Me acuerdo que cuando llegamos a mi casa le dije a mi mamá: “¿Mañana temprano voy a visitar a Alexia ya, má?” Ella se hacía la loca y me decía: “no sé hijita, ya vemos. De repente quiere descansar.” En verdad era un no, ya no llegas.  Todos sabían menos yo.

Seguía con ese zumbido en la oreja, escuchaba una y otra vez “Alexia ya está en el cielo” y no lo podía creer. Quería llorar y no podía. Me bañé, me cambié y lo único que quería era estar con ella. Agarré a Galleta y la llevé en el carro. No podía llorar, no quería que nadie me viera llorar y menos mi mamá.  Fue el camino más largo de mi vida. Llegué a la casa de Majo, ahí nos íbamos a juntar algunas para ir al velorio porque quedaba a una cuadra. Me abrieron la puerta y estaban ahí Catalina y Daniela H. (dos amigas de mi promoción) me miraron, me abrazaron y exploté. Lo tenía tan guardado que tenía que salir. Lloraba, lloraba y no paraba de llorar. Me abrazaron tan fuerte que me dieron esa seguridad…

Cuando llegamos al velorio veía a mucha gente. Conocía a todos. No quiero entrar en detalles, pero ahí me cayó el veinte. La vi. Fue terrible. Estuve ahí hasta que me botaran. No lo podía creer.  Pensaba que nunca me había despedido de ella. Días anteriores la llamaba y su celular estaba apagado, no me contestaba los mensajes en Facebook. Nada, no sabía nada de ella.  Me sentía demasiado mala amiga, como no pude despedirme de ella. Y no sé cómo explicarlo, pero ese sueño me tranquilizó mucho.  Se despidió de mí, pensó en mí…

Fueron los dos días más largos de mi vida, los que hasta el día de hoy lloré más que nunca, en los que trataba de ser fuerte pero no podía. ¿Sufrí? Sí.  

Ahora miro al pasado, ya van a ser tres años desde que se fue. Tres años en los que me he caído y  levantado, que siempre pienso en ella, que sé que tengo a un ángel de la guarda que desde algún lugar me mira y sabe todo lo que hago y que hasta el fin de mis días, estará en mi corazón.

Nadie entiende la muerte, nadie.  Sólo sé que nuestro destino está marcado. Aleca no pasó desapercibida por todos los que la conocieron y hasta oyeron sobre ella. Así como para mí, es un ejemplo para muchos.  La vida es una, no hay más.  Me arrepiento de no haberle podido decir muchas cosas, pero lo hecho, hecho está. Ya se lo pude decir y se lo sigo diciendo todos los días. Si se fue es porque ya había terminado su labor en la tierra y nosotros nos quedamos. 

Y aquí estoy yo. Contándoles esta historia que espero que les haya gustado y que los haya hecho llorar, reír y reflexionar. GRACIAS. Gracias a más de esas 16 mil quinientas visitas. A cada uno de ustedes por tomarse el tiempo de leer capítulo por capítulo y pedirme que siga escribiendo.  Como lo dije al principio, necesitaba contarlo. Necesitaba cerrar este dolor que ahora se queda en el pasado y se convierte en un lindo recuerdo,  de los mejores de mis veinte años.

Y gracias a ti Alexia. GRACIAS por inspirarme y empujarme para comenzar a lograr mi sueño...





FIN

martes, 20 de marzo de 2012

25. La última vez que la vi.

Hace más de dos años que no la veo.  Hace casi un año que no escribo. Que rápido se pasa el tiempo y, de repente, te das cuenta que dejaste algo incompleto por ahí: esta historia.

Pensar todos los días que cada hora que pasaba significaba una hora menos que la iba a ver. Por eso no pensaba, no me quería dar cuenta de la realidad. Para mí era demasiado difícil aceptar que ya no había nada que hacer  (me imagino que para muchos también). 

Cada vez hablaba menos con ella, parecía como si fuese el principio del fin. La llamaba por teléfono y ya no contestaba, lo tenía apagado. Cada vez se metía menos al Facebook y era casi imposible de ubicarla a menos que llamara a su mamá. En esos momentos no lo entendía, pero era obvio: simplemente no quería hablar con nadie. 

Mi proceso de resignación fue muy lento. Según yo todavía faltaba mucho, las cosas iban bien y no había de que preocuparse. Y lo peor de todo es que ahora me doy cuenta de lo equivocada que estaba.  Era una manera de escapar de la realidad y refugiarme en mis propias ideas.

El último mes en el colegio fue atroz. Ella ya no iba y poco a poco todas nos enterábamos de lo mal que la estaba pasando Aleca. Muchos días me fui sola al baño a llorar de la angustia, de no saber qué era lo que pasaba porque nadie me contaba nada.  
Cuando todavía estaba en Lima (antes de irse a Chincha a pasar sus últimos días), la fui a visitar una sola vez. UNA SOLA y quien iba a pensar que iba a ser la última. 

Cada vez que Aleca me decía para ir a visitarla le ponía las peores excusas: “No puedo gordi, tengo que estudiar.” - ¿¡Y me pueden explicar quien estudia para el colegio!? – “Te juro que iría ahorita, pero tengo que hacer trabajos y encima no tengo como ir hasta tu casa” - ¡Vivíamos a cinco minutos de distancia!
En ese momento no me daba cuenta, pero era obvio que trataba de evitar el hecho de verla. Por un lado, una parte de mi sólo quería estar con ella y aprovechar el tiempo; pero el otro me decía: “No, no vayas. Que le vas a decir. ¿Qué pasa si se siente mal? No puedes llorar en frente de ella”  Me moría de miedo, no abría los ojos y ese era mi problema.  Ahora lo acepto porque ya me di cuenta de lo que pasaba, pero ahí la necia de Analucia tenía razón: tenía que hacer sus “deberes”.  – Como uno se arrepiente de haber hecho algunas cosas, ¿no?

Bueno, entonces la fui a visitar por última vez. Por supuesto que no me atreví a ir sola. Daniella y Majo también iban a ir. Era un día de los últimos exámenes finales del  colegio.  Es más…de regreso del colegio nos fuimos las tres a su casa. Llegamos y todo estaba perfecto. Se le veía tranquila, contenta, como siempre sonriendo y matándose de risa de todas las tonterías que hablábamos.
Pero claro, yo solo me iba a quedar un rato. No podía más porque tenía que “estudiar” - ¡Qué maricona carajo! – Conversamos de todo y la pasamos muy bien aunque sea ese poco rato. Llegó la hora de irme y me despedí como un día cualquiera: “Chau gordi – dándole un abrazo bien fuerte – cuídate mucho, ¿ya? Ya estamos hablando estos días para vernos”

Que equivocada estaba: no la volví a ver, no la volví a ver y NO LA VOLVÍ A VER…