martes, 20 de marzo de 2012

25. La última vez que la vi.

Hace más de dos años que no la veo.  Hace casi un año que no escribo. Que rápido se pasa el tiempo y, de repente, te das cuenta que dejaste algo incompleto por ahí: esta historia.

Pensar todos los días que cada hora que pasaba significaba una hora menos que la iba a ver. Por eso no pensaba, no me quería dar cuenta de la realidad. Para mí era demasiado difícil aceptar que ya no había nada que hacer  (me imagino que para muchos también). 

Cada vez hablaba menos con ella, parecía como si fuese el principio del fin. La llamaba por teléfono y ya no contestaba, lo tenía apagado. Cada vez se metía menos al Facebook y era casi imposible de ubicarla a menos que llamara a su mamá. En esos momentos no lo entendía, pero era obvio: simplemente no quería hablar con nadie. 

Mi proceso de resignación fue muy lento. Según yo todavía faltaba mucho, las cosas iban bien y no había de que preocuparse. Y lo peor de todo es que ahora me doy cuenta de lo equivocada que estaba.  Era una manera de escapar de la realidad y refugiarme en mis propias ideas.

El último mes en el colegio fue atroz. Ella ya no iba y poco a poco todas nos enterábamos de lo mal que la estaba pasando Aleca. Muchos días me fui sola al baño a llorar de la angustia, de no saber qué era lo que pasaba porque nadie me contaba nada.  
Cuando todavía estaba en Lima (antes de irse a Chincha a pasar sus últimos días), la fui a visitar una sola vez. UNA SOLA y quien iba a pensar que iba a ser la última. 

Cada vez que Aleca me decía para ir a visitarla le ponía las peores excusas: “No puedo gordi, tengo que estudiar.” - ¿¡Y me pueden explicar quien estudia para el colegio!? – “Te juro que iría ahorita, pero tengo que hacer trabajos y encima no tengo como ir hasta tu casa” - ¡Vivíamos a cinco minutos de distancia!
En ese momento no me daba cuenta, pero era obvio que trataba de evitar el hecho de verla. Por un lado, una parte de mi sólo quería estar con ella y aprovechar el tiempo; pero el otro me decía: “No, no vayas. Que le vas a decir. ¿Qué pasa si se siente mal? No puedes llorar en frente de ella”  Me moría de miedo, no abría los ojos y ese era mi problema.  Ahora lo acepto porque ya me di cuenta de lo que pasaba, pero ahí la necia de Analucia tenía razón: tenía que hacer sus “deberes”.  – Como uno se arrepiente de haber hecho algunas cosas, ¿no?

Bueno, entonces la fui a visitar por última vez. Por supuesto que no me atreví a ir sola. Daniella y Majo también iban a ir. Era un día de los últimos exámenes finales del  colegio.  Es más…de regreso del colegio nos fuimos las tres a su casa. Llegamos y todo estaba perfecto. Se le veía tranquila, contenta, como siempre sonriendo y matándose de risa de todas las tonterías que hablábamos.
Pero claro, yo solo me iba a quedar un rato. No podía más porque tenía que “estudiar” - ¡Qué maricona carajo! – Conversamos de todo y la pasamos muy bien aunque sea ese poco rato. Llegó la hora de irme y me despedí como un día cualquiera: “Chau gordi – dándole un abrazo bien fuerte – cuídate mucho, ¿ya? Ya estamos hablando estos días para vernos”

Que equivocada estaba: no la volví a ver, no la volví a ver y NO LA VOLVÍ A VER…